En El Alto es más
fuerte que el Halloween
TODOS
SANTOS: EL JACH’A URU
PARA
LOS DIFUNTOS Y VIVOS
Hoy a mediodía llegarán los ajayus (almas) desde los nevados altos donde conviven con los achachilas. Familias enteras de campesinos pobres migran en Todo Santos a las ciudades para ganarse raciones de panes y comida a cambio de oraciones. Cementerios aguardan a miles de visitantes que despiden a los ajayus de los difuntos.
El Alto, 1 de noviembre de 2020 (APA).- Ya son cerca de las once de la mañana el 1º de noviembre, en un pequeño cuarto donde un pedazo de luz rompe la oscuridad, unos dedos agrietados y rudos extienden una manta negra por encima de una mesa, cuyas patas apenas se sostienen.
Las manos cobrizas y
rústicas brotan de dos mangas de lana desgastada y remendada. Se mueven con
agilidad y rapidez para colocar encima de la vetusta mesa un pequeño banco de
madera para luego taparlo con un pedazo de tela blanca percudida.
De un pequeño rincón
de la pequeña habitación oscura, herida por un rayo de sol que se filtra por el
agujero de la calamina, un hombre jala dos sakañas (bolsas) de polietileno
blanco, de cuyo interior extrae pequeños panes redondos, estrellados,
entrelazados, con formas humanas y de animales, de escaleras y coronas. Poco a
poco el hombre, cuyas canas y arrugas sobresaltan al pequeño rayo de sol,
acomoda el pan por toda la mesa rústica.
Luego, en pequeñas
latas que contienen agua, los dedos ágiles y agrietados colocan ramas cortadas
de retama con flores amarillas e ilusiones. Los dos floreros caseros son
colocados en dos esquinas de la mesa, cerca de dos velas que mantienen el
equilibrio en dos latas de cremas de lustrar.
Amarradas en las
cansadas patas de la mesa, las hojas largas de dos cañas de azúcar forman una
especie de arco. En la base de la mesa también hay amarrados las cebollas con
tok’oro (tallo hueco) cuyas flores adornan también el altar improvisado en la
precaria vivienda.
LA NAJTA
De una pequeña caja de
zapato Manaco, la mano cobriza extrae un crucifijo de metal oxidado. Lo acomoda
en la parte más alta del improvisado altar de panes, frutas y flores.
Junto a las velas
pequeñas de juegan con la ley de gravedad, se acomodaron dos llamas diminutas
de quispiña (galletas de quinua), en cutas espaldas cargan ramitas de retama.
Más allá de las manos
rústicas, los ojos tristes de Nicasio Quispe se pierden en el crucufijo y en
una t’ant’awawa (pan con figura humana).
De un pequeño cuaderno
de hojas amarillentas y retorcidas por el paso del tiempo saca la foto de una
reluciente tawak’o (mujer joven de pollera, cuya belleza resalta más con una
sonrisa y las espesas trenzas negras. En los ojos resaltan chispitas de alegría.
Las mejillas donde las arrugas ya se han posesionado, se humedecen por gruesas
lágrimas. Los ojos de Nicasio se extravían en la foto, mientras un suspiro
hondo recuerda el día que nació su primer hijo y el día en que llegaron a El
Alto, en un camión repleto de esperanzas y cuatro hijos.
¡Ya está, ya está
cocida la comida!, anuncia la voz de una niña de 12 años, cuyo grito saca a
Nicasio de su pensamiento hundido en sus recuerdos. Por instinto enciende las
dos velas que chisporrotean al formar una flama amarillenta.
El 1º de noviembre a
mediodía, según las tradiciones y costumbres de los pueblos originarios que
sobrevivieron en el altiplano boliviano que se fueron entremezclando con las de
los españoles, llegan los ajayus (almas) a todas las viviendas donde habitaron
en vida para compartir con los vivos, a partir de la najta (prendido de las
velas) se inicia el jach’a uru ( gran día).
La llegada de los
ajayus se advierte en las pequeñas tutukas (remolinos) que se suelen en
noviembre, según las awichas y achachilas (abuelas y abuelos) que transmiten
las costumbres de generación en generación.
RESIRIS Y EL AJI
DE ARVEJA
Nicasio llama el
pequeño Ascencio para que vaya en busca de los resiris (rezadores aymaras),
quienes llegan de las comunidades empujados por la pobreza. Sus oraciones dan
la bienvenida al ajayu de la difunta Nicolasa Chura, quien en vida fue esposa
de Nicasio.
Al poco rato el
pequeño vuelve acompañado de cuatro campesinos, quienes llegan a El Alto y los
barrios periféricos de La Paz para llevarse algunos alimentos para sus familias
y animales, a cambio de unas oraciones a favor de los difuntos. Tras las
oraciones, los resiris son compensados con raciones de panes, comida, frutas y
en algunas ocasiones hasta con bebidas alcohólicas, según los gustos de los
ajayus. Sin embargo, la comida de la época y que no falta en ningún altar, es
el alverj waykani (ají de arvejas).
Desesperado por el
hecho de que su esposo no pudo hallar un empleo, ella en vida sin medir riesgos
decidió ganarse algunos bolivianos sacando arena y piedras de las aguas turbias
del río Seco. Al esposo viudo le dijeron que los yankhas (malignos) que viven
los ríos se lo llevaron, pero más tarde se supo de se lo llevo la tuberculosis.
NOCHE DE JUGLARES
AYMARAS
Mientras tanto, al
amparo de la noche, la música brotadas de los pinquillos, pífanos y moseños, se
entremezclan con ladrido de los perros. Esa noche, Nicasio soñó que Nicolasa
llegaba de un largo y penoso viaje, maltrecha y cansada. Le calmo la se
haciéndola beber agua de los gruesos tallos de las cebollas con flor y comió
ávidamente una a una las arvejas de la comida.
A mediodía del
siguiente día, por el cansancio fue atrapado por el sueño, donde vio a su
esposa despedirse cargando en su aguayo multicolor los alimentos y los panes,
además de las cebollas con tallos huecos. También diviso que las dos llamitas
de quispiña, se convirtieron en robustos camélidos que esperaban a Nicolasa
para partir. Ella apoyada en una caña de azúcar retornaba con paso penoso hacia
los nevados blancos, donde los ajayus vivían junto a los achachilas
(protectores). Nicasio en su sueño, inútilmente estiraba su mano implorando que
ella se quede, pero se alejaba sin detenerse con las llamas cargadas de
alimentos. Mientras Nicasio gritaba, la música de los juglares aymaras
aumentaba, hasta que los despertaron. ¿Te lo rezamos tata?, preguntaron los
músicos y el les dijo que si.
EL DESPACHO Y EL CORONAVIRUS
Tras amanecer tomando
alcohol y mascando coca en compañía de los juglares aymaras y despertar de su
sueño, tras largas oraciones, Nicasio hizo recoger el altar con el resiri más
anciano. Después de acomodar los panes, las frutas y la comida en grandes k’epis
(bultos), acompañado de sus hijos se dirigió al cementerio de Villa Ingenio,
situado en una de las partes altas de El Alto, donde se puede observar una
duelo sostenido entre los nevados del Illimani y Huayna Potosí, por
resplandecer más bajo el cielo aymara.
Embarcados en los conocidos t’ojos (destartalados buses y
minibuses) llegaron al camposanto, acompañados de una densa nube de tierra. El
lugar estaba convertido en un gigantesco hormiguero humano. Allí miles de familias
arman con las cañas de azúcar un especie de arcos para colgar frutas,
t’ant’awawas y golosinas.
Todo el camposanto se
inunda de la música de pinquillos, pífanos y moseños.
Esas escenas se
repiten todos los años en la ciudad de El Alto, en los cementerios Tarapacá
(Villa Santiago I), Mercedario y Villa Ingenio. Pero este año, a consecuencia
de la propagación del coronavirus, no se podrá repetir, porque las medidas de
bioseguridad han prohibido el armado de mesas al interior de los cementerios y
no se permite la aglomeración de gente.
Las familias más
humildes extreman sus esfuerzos para cumplir con sus difuntos, ya que la
tradición y costumbre de los pueblos originarios perviven en los alteños,
aunque en tiempos del coronavirus, se restringió.

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