lunes, 1 de noviembre de 2021

01-11-2021 almas ts

La festividad en que los vivos comparten con los que se fueron

TODOS SANTOS: EL JACH’A URU

PARA LOS DIFUNTOS Y VIVOS


Hoy a mediodía llegarán los ajayus (almas) desde los nevados altos donde conviven con los achachilas. Familias enteras de escasos recursos económicos  pueden en Todo Santos ganarse raciones de panes y comida a cambio de oraciones. Cementerios aguardan a miles de visitantes que despiden a los ajayus de los difuntos.

El Alto, 1 de noviembre de 2021  (APA).- Ya son cerca de las once de la mañana el 1º de noviembre, en un pequeño cuarto donde un pedazo de luz rompe la oscuridad, unos dedos agrietados y rudos extienden una manta negra por encima de una mesa, cuyas patas apenas se sostienen.

Las manos cobrizas y rústicas brotan de dos mangas de lana desgastada y remendada. Se mueven con agilidad y rapidez para colocar encima de la vetusta mesa un pequeño banco de madera para luego taparlo con un pedazo de tela blanca percudida.

De un pequeño rincón de la pequeña habitación oscura, herida por un rayo de sol que se filtra por el agujero de la calamina, un hombre jala dos sakañas (bolsas) de polietileno blanco, de cuyo interior extrae pequeños panes redondos, estrellados, entrelazados, con formas humanas y de animales, de escaleras y coronas. Poco a poco el hombre, cuyas canas y arrugas sobresaltan al pequeño rayo de sol, acomoda el pan por toda la mesa rústica.

Luego, en pequeñas latas que contienen agua, los dedos ágiles y agrietados colocan ramas cortadas de retama con flores amarillas e ilusiones. Los dos floreros caseros son colocados en dos esquinas de la mesa, cerca de dos velas que mantienen el equilibrio en dos latas de cremas de lustrar.

Amarradas en las cansadas patas de la mesa, las hojas largas de dos cañas de azúcar forman una especie de arco. En la base de la mesa también hay amarrados las cebollas con tok’oro (tallo hueco) cuyas flores adornan también el altar improvisado en la precaria vivienda.

LA NAJTA

De una pequeña caja de cartón, la mano cobriza extrae un crucifijo de metal oxidado. Lo acomoda en la parte más alta del improvisado altar de panes, frutas y flores.

Junto a las velas pequeñas de juegan con la ley de gravedad, se acomodaron dos llamas diminutas de quispiña (galletas de quinua), en cuyas espaldas cargan ramitas de retama.

Más allá de las manos rústicas, los ojos tristes de Nicasio Quispe se pierden en el crucufijo y en una t’ant’awawa (pan con figura humana).

De un pequeño cuaderno de hojas amarillentas y retorcidas por el paso del tiempo saca la foto de una reluciente tawak’o (mujer joven de pollera, cuya belleza resalta más con una sonrisa y las espesas trenzas negras. En los ojos resaltan chispitas de alegría. Las mejillas donde las arrugas ya se han posesionado, se humedecen por gruesas lágrimas. Los ojos de Nicasio se extravían en la foto, mientras un suspiro hondo recuerda el día que nació su primer hijo y el día en que llegaron a El Alto, en un camión repleto de esperanzas y cuatro hijos.

¡Ya está, ya está cocida la comida!, anuncia la voz de una niña de 12 años, cuyo grito saca a Nicasio de su pensamiento hundido en sus recuerdos. Por instinto enciende las dos velas que chisporrotean al formar una flama amarillenta.

El 1º de noviembre a mediodía, según las tradiciones y costumbres de los pueblos originarios que sobrevivieron en el altiplano boliviano que se fueron entremezclando con las de los españoles, llegan los ajayus (almas) a todas las viviendas donde habitaron en vida para compartir con los vivos, a partir de la najta (prendido de las velas) se inicia el jach’a uru ( gran día).

La llegada de los ajayus se advierte en las pequeñas tutukas (remolinos), aunque este año fueron fuertes y destecharon viviendas en la Zona de Alto Alianza, que se suelen llegar en noviembre, según las awichas y achachilas (abuelas y abuelos) que transmiten las costumbres de generación en generación.

RESIRIS Y EL AJI

DE ARVEJA

Nicasio llama el pequeño Ascencio para que vaya en busca de los resiris (rezadores aymaras), quienes llegan de las comunidades empujados por la pobreza. Sus oraciones dan la bienvenida al ajayu de la difunta Nicolasa Chura, quien en vida fue esposa de Nicasio.

Al poco rato el pequeño vuelve acompañado de cuatro personas que viven de la siembra, quienes llegan a El Alto y los barrios periféricos de La Paz para llevarse algunos alimentos para sus familias y animales, a cambio de unas oraciones a favor de los difuntos. Tras las oraciones, los resiris son compensados con raciones de panes, comida, frutas y en algunas ocasiones hasta con bebidas alcohólicas, según los gustos de los ajayus. Sin embargo, la comida de la época y que no falta en ningún altar, es el alverj waykani (ají de arvejas).

Desesperado por el hecho de que su esposo no pudo hallar un empleo, ella en vida sin medir riesgos decidió ganarse algunos bolivianos sacando arena y piedras de las aguas turbias del río Seco. Al esposo viudo le dijeron que los yankhas (malignos) que viven los ríos se lo llevaron, pero más tarde se supo de se lo llevo el coronavirus.

NOCHE DE JUGLARES AYMARAS

Mientras tanto, al amparo de la noche, la música brotadas de los pinquillos, pífanos y moseños, se entremezclan con ladrido de los perros. Esa noche, Nicasio soñó que Nicolasa llegaba de un largo y penoso viaje, maltrecha y cansada. Le calmo la se haciéndola beber agua de los gruesos tallos de las cebollas con flor y comió ávidamente una a una las arvejas de la comida.

A mediodía del siguiente día, por el cansancio fue atrapado por el sueño, donde vio a su esposa despedirse cargando en su aguayo multicolor los alimentos y los panes, además de las cebollas con tallos huecos. También diviso que las dos llamitas de quispiña, se convirtieron en robustos camélidos que esperaban a Nicolasa para partir. Ella apoyada en una caña de azúcar retornaba con paso penoso hacia los nevados blancos, donde los ajayus vivían junto a los achachilas (protectores). Nicasio en su sueño, inútilmente estiraba su mano implorando que ella se quede, pero se alejaba sin detenerse con las llamas cargadas de alimentos. Mientras Nicasio gritaba, la música de los juglares aymaras aumentaba, hasta que los despertaron. ¿Te lo rezamos tata?, preguntaron los músicos y él les contestó que si.

EL DESPACHO Y  EL CORONAVIRUS

Tras amanecer tomando alcohol y mascando coca en compañía de los juglares aymaras y despertar de su sueño, tras largas oraciones, Nicasio hizo recoger el altar con el resiri más anciano. Después de acomodar los panes, las frutas y la comida en grandes k’epis (bultos), acompañado de sus hijos se dirigió al cementerio de Villa Ingenio, situado en una de las partes altas de El Alto, donde se puede observar una duelo sostenido entre los nevados del Illimani y Huayna Potosí, por resplandecer más bajo el cielo aymara.

Embarcados en los  conocidos t’ojos (destartalados buses y minibuses) llegaron al camposanto, acompañados de una densa nube de tierra. El lugar estaba convertido en un gigantesco hormiguero humano. Allí miles de familias arman con las cañas de azúcar un especie de arcos para colgar frutas, t’ant’awawas y golosinas.

Todo el camposanto se inunda de la música de pinquillos, pífanos y moseños.

Esas escenas se repiten todos los años en la ciudad de El Alto, en los cementerios Tarapacá (Villa Santiago I), Mercedario y Villa Ingenio. Este año, a consecuencia de la propagación del coronavirus, se controlará el cumplimiento de las medidas de bioseguridad y está prohibido el armado de mesas al interior de los cementerios y no se permite la aglomeración de gente.

Las familias más humildes extreman sus esfuerzos para cumplir con sus difuntos, ya que la tradición y costumbre de los pueblos originarios perviven en los alteños, aunque en tiempos del coronavirus, se restringió.

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