Con el pretexto de salvar al país del comunismo
HACE 54 AÑOS, EL GOBIERNO DE BARRIENTOS
MASACRÓ A LOS MINEROS EN SIGLO XX
El Alto, 23 de junio de 2021 (APA).- Confundida el tableteo de las ametralladoras con el reventón de la sal y las piedras en el fuego de fogatas de languidecían, hace 54 años las tropas del ejército que tomaron por asalto el campamento minero de Siglo XX, ahogaron nuevamente en sangre a los trabajadores mineros. Más de 27 muertos y más 90 heridas, según reportes oficiales de ese entonces, dejaron en esa acción las balas de los regimiento Camacho y Ranger.
Tres años al frente del gobierno había cumplido el Gral. René
Barrientos desde el golpe de estado que fue perpetrado el 4 de noviembre de
1964 a la cabeza de generales con el nombre de la “Revolución Restauradora” y
en junio de 1967 en una reunión de comandantes instó a sus comandantes a
defender a la patria del peligro comunista y bajo su responsabilidad ordenó que
se liquide a “todos los malditos comunistas” y a los agitadores en los
campamentos mineros de Catavi-Siglo XX y Huanuni.
El gobierno de Barrientos decía
que en los centros mineros se estaba gestando un nuevo movimiento de los
trabajadores mineros que estarían apoyando a la guerrilla del Che Guevara,
pretexto principal para la preparación de todo el aparato represivo. Además,
argumentaba que tenía conocimiento de que muchos mineros se habían sumado a las
guerrillas, ya que se había propuesto el apoyo con una mita para la guerrilla.
Silenciosamente, el aparato de
represión se movilizó hacia las
"zonas rojas", que fueron identificadas por el Ministerio del
Interior a los centros mineros de Catavi-Siglo XX y Huanuni.
AMPLIADO DE TRABAJADORES
LA Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (Fstmb) había
convocado a un ampliado nacional que se tenía que realizar el 24 de junio en el
campamaneto minero de Catavi-Siglo XX, donde se tenía previsto tratar el
rechazo del pliego de peticiones a la Corporación Minera de Bolivia (Comibol) y
los fallos contrarios a los obreros por la Tribunales de Conciliación y
Arbitraje del Ministerio de Trabajo. Además, el ampliado era un escenario para
proyectar una reunión con varios sectores como fabriles y universitarios que
aseguraron su asistencia.
Ante esa situación, en vísperas de la masacre llegaron decenas de
agentes con la misión de aprehender a los dirigentes obreros.
Poco antes, los trabajadores en asamblea acordaron establecer un pacto político
sindical con los partidos de izquierda, con la finalidad de luchar por la
defensa de los sindicatos y la reposición de sueldos y salarios.
Ese era el ambiente tenso, en la víspera de San Juan.
LA MASACRE
Cumpliendo la tradición de san Juana, en el campamento los trabajadores
con sus familias se pusieron a piq'chear coca, encender las fogatas
tradicionales, comer, cantar a coro con guitarras y charangos y tomar sucumbe, ponche o pisco. Era un
ambiente de confraternidad entre hombres, mujeres y niños que jugaban con
cohetillos y petardos.
A las cinco menos veinte de la mañana, los mineros que se hallaban cerca
del ferrocarril observaron la llegada de tropas. Una fracción militar silenciosamente
se posesionó del la cumbre que domina el campamento de Siglo XX, la otra tomo posesión
de Cancañiri el tercero tomo el Calvario. La Guardia Nacional ya se hallaba en
el centro del campamento.
Cuando se advirtió que unos bultos se arrastraban en la cancha, sonó la
sirena y los bultos comenzaron a disparar.
A las 5 de la mañana y veinte, por la radio pedía auxilio y denunciaba
que los militares estaba entrando a Siglo XX y rodeando la radio la Voz del
Minero.
La sirena que fue activada por el entonces dirigente del sindicato Rosendo
García, hombres y mujeres se movilizaron, pero los soldados impedían el paso a
las mujeres que buscaban avisar a la gente para que busquen refugio, en esa afán
encontraron varios cuerpos sin vida y heridos.
Rosendo García, organizó un pequeño comando para recuperar la sede
sindical y la radioemisora, pero la tropa del ejército era numerosa y cayó
preso. Los testigos cuentan que el jefe de la Dirección de Investigaciones
Criminales al reconocerlo no dudó en dispararle en medio de las fosas nasales
cuando dos agentes le sostenían del brazo. Su entierro congregó a miles de
trabajadores que acompañaron su féretro al Cementerio General de Llallagua.
En la masacre fallecieron también: Ponciano Mamani, Alejandro Mamani,
Nicanor Torrez, Maximiliano Acho, Isaac Cazorla, Gabriel Sequeiros, Aniceto
Inocencio, Avelino Layme (niño), Bernabé Condori.
"Nunca antes el odio a los mineros había llegado a tanto que los
atacaran al amanecer... Los mataron en sus camas... Los mataron a los
borrachitos que, tambaleantes, no sabían si eran cohetes muy fuertes o qué...
" , manifestó Juan Lechín Oquendo , ex dirigente de los mineros y de la
Central Obrera Boliviana (COB).
Los militares también atacaron a las mujeres, por lo que la masacre
provoco ira, coraje, y asco. Domitila de Chungara recuerda que "… a todas
las personas que, según ellos, habíamos apoyado a las guerrillas, nos
agarraron, nos apalearon, nos maltrataron y a
varios los mataron. A mí por ejemplo a patadas me hicieron perder a mi
hijo porque decían que yo era enlace guerrillero". Hubo fusilados, heridos
y mucho dolor, el dirigente Rene Chacón paso a la clandestinidad y convocó a
una asamblea en el nivel 411 de la mina, ahí donde los militares no se atreven
a entrar porque tienen miedo al Tío y al socavón, 400 obreros resolvieron
pedir: la indemnización a las viudas, la devolución de la sede sindical y de la
radio y la salida de las tropas"
En los días posteriores se enterró a los hombres, mujeres, ancianos y
niños muertos en la masacre. La población era una "…multitud frente a la
iglesia, chillando y vociferando contra el ejército, nombrando sus muertos,
llorándolos sin saber cómo vengarlos…"
La indignación creció en todo el país. Se organizaron «sindicatos clandestinos», organizados en el
interior de la mina, quienes declararon por unanimidad: paro de 48 horas en
protesta contra la masacre, retiro de las tropas del ejército, devolución de la
sede del sindicato y de la radioemisoras mineras, respeto al fuero sindical,
libertad incondicional para los dirigentes detenidos y confinados e indemnización
a las viudas de los masacrados.
El movimiento obrero y el pueblo boliviano ratificaban como a su
vanguardia proletariado minero que, por
su alto grado de conciencia política y convicción combativa.
Nadie fue procesado por la
masacre de San Juan, por crímenes de lesa humanidad que perpetraron los generales de la “Revolución Restauradora”,
todos quedaron en la impunidad.
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En base a libros: El proletariado en proceso político 1952-1980
(Guillermo Lora)
1967: San Juan a sangre y fuego (Carlos Soria)
Bolivia: la revolución derrotada (Liborio Justo)
Sidis de la Fstmb

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